No recuerdo en qué año estábamos…sólo sé que estábamos viviendo la mejor época de nuestras vidas.
Recuerdo cuando íbamos todos los Sábados a las afueras de la ciudad, teníamos esa costumbre familiar y ahí pasábamos momentos increíbles. Siempre estábamos ansiosas para que el Sábado llegara, era nuestro día favorito y ese lugar era nuestro lugar favorito en todo el mundo.
No había nada de lo que hay hoy, y hoy no hay nada de lo que había antes ahí.
El tiempo no existía y la alegría se reflejaba en nuestros semblantes, nuestra risa era como una sinfonía y el amor nos inundaba a gran manera. Nos gustaba llevar nuestros vestidos blancos pues eran bonitos, frescos y tenían un lindo bordado hecho a mano en el olán donde terminaba la falda. Aún recuerdo como el aire hacía danzar a nuestros vestidos, mientras corríamos por el campo de trigo. También recuerdo que había un árbol muy viejo y nos gustaba acostarnos debajo de él, su sombra era perfecta y despedía un agradable olor…ahí solíamos contar historias por un buen rato.
Recuerdo con exactitud el dulce color dorado de los campos de trigo, el gran árbol viejo y su extraño olor; pero lo más importante es que aún recuerdo esa felicidad que inundaba mi alma, que desaría que aún habitara en mi.